Vocación no es querer hacerlo sino no poder dejarlo

De pequeño, a diferencia de cualquier otro niño de mi edad, yo podía echarme horas y horas con el ajedrez. Recuerdo que era un ajedrez con un tablero magnético, una cosa de avanzada para la época, regalo de unos tíos míos. La paradoja es que nunca aprendí a jugar al ajedrez. Las horas que yo empleaba en el juego eran para montar puestas en escena acompañado de la banda sonora con lo que alguna radio pusiera en ese momento. Las piezas del ajedrez iban tomando sus posiciones en ese tablero/escenario, donde el espectáculo, acompañado de mi imaginación estaba asegurado.

Pero la cosa no quedaba ahí, después de haber realizado varias “temporadas” con el ajedrez, mi carrera de niño poco común al resto iba en aumento. Sentado sobre el suelo del salón de mi casa, pegado al tocadiscos Philips, realicé los duetos con las figuras más reconocidas del mundo de la música. Eso sí, con las figuras que habían grabado los discos que había en mi casa. No solo me aprendía las canciones de memoria, sino que podía hacer todas las voces de los coros de cada tema. El disco del primer musical que tuve, “El Diluvio que viene”, con la dirección musical de Víctor Buchino, era garantía de eso. Voces, Coros, Contra cantos, todo me lo sabía a la perfección.

Mi carrera de niño “artista” no se quedaba ahí, era una carrera que iba en aumento, sobre todo cuando en el baño de mi casa cambiaron el espejo fijo de la pared y pusieron uno de tres espejos que podían moverse para que uno se viera en diferentes planos. Ahí nacía para mí el mundo del video clip. No podría decir la cantidad de canciones que habré cantado cambiando de plano según iba moviendo los diferentes espejos. Todos los efectos de movimiento de cámaras que impuso Valerio Lazarov en Televisión Española en los años 70, ya los había hecho yo con los espejos del baño de mi casa.

Y así podría contar mil historias hasta llegar a hoy. Lo que sí sé es que mi madre tuvo muy claro que lo mio era el teatro, y allí sin dudarlo me embarco, a hacerlo con Dolly Santillán, una señora que era nada más y nada menos que una ama de casa que amaba el teatro sobre todas las cosas, y de forma totalmente altruista, dedicaba su tiempo a dirigir el grupo de teatro de la escuela 149 “Almafuerte” de Ciudad Evita.

Leí hace poco una frase que me quedo dando vueltas en la cabeza. “La vocación no es querer hacerlo sino no poder dejarlo”.

Yo siempre había tenido la duda si es que a mí me gustaba el teatro porque mi madre, a mis cinco años me inscribió al mismo tiempo en la escuela y en el grupo de teatro, o porque ella tuvo el poder de observación para darse cuenta de que lo que a mi realmente me gustaba era el teatro.

Creo que ya no cabe duda alguna, no?

Estado de Sitio

El pasado 11 de enero mi amiga Esther Pumar, recordaba a través de su cuenta de Facebook, que se cumplían 7 años del estreno en el Teatro Falla de Cádiz, de uno de los últimos montajes, sino el último, del CAT (Centro Andaluz de Teatro).

ESTADO DE SITIO del escritor francés Albert Camus, contó con la dirección de José Luis Castro, la dramaturgia del portuense Juan García Larrondo, escenografía de Guiuliano Spinelli, el vestuario de Pedro Moreno, el maquillaje y peluquería de Manolo Cortés, música de Antonio Meliveo y la dirección vocal, entre otras cosas, de Julia Oliva.

Debo decir que para mí, fue toda una sorpresa haber formado parte de ese montaje. Tan poca era mi confianza en poder lograrlo, que eche la solicitud de inscripción el último día, al filo del cierre. Quien en realidad me convenció para hacerlo fue el actor Paco Inestrosa, que al preguntarle si se había presentado me comentó que buscaban actores/cantantes y él no cantaba. Y a continuación me dijo que por qué no me presentaba yo.

Mi pensamiento me hacía creer que, habiendo visto tantos montajes del CAT donde todo era “tan andaluz”, no me iban a coger ni a la de tres. Pero vaya a saber uno por dónde, me preseleccionaron para la audición que se hacía en Sevilla, y con María Agudo al volante de su coche, allí nos plantamos. Y de plantarnos casi florecemos, porque pasaban las horas y no salimos de la audición hasta bien entrada la noche.

La canción que elegí para la audición, era lo menos andaluza que se puede imaginar uno y además, un tema que suele ser cantado por mujeres, pero ahí estaba yo frente a Paco Ortuño, José Luis Castro y una pequeña gran mujer, Julia Oliva. Cuando terminé, José Luis rápidamente se puso de pie y me dijo si podía volver a la tarde del día siguiente con un monólogo aprendido. Le dije obviamente que sí, y ahí estaba retornando a Málaga para al día siguiente regresar otra vez a Sevilla.

El monólogo elegido fue de un personaje llamado Shylok de la obra del Mercader de Venecia de William Shakespeare: “Él me había avergonzado y perjudicado en medio millón, se rió de mis pérdidas y burlado de mis ganancias (…)”

Todo fue genial, salvo que Julia Oliva pidió permiso para sacarme a una sala contigua, y a solas conmigo me hizo hacer diferentes ejercicios para ver si podía lograr un acento lo más alejado del deje argentino. Eso sería lo que definiría si me quedaba o me iba a casa como había llegado. Pues me quedé.

A partir de ahí comenzaba la andadura de esta obra de Camus donde La Peste (Juanma Lara), con forma de oportunista y acompañado por su secretaria (Esther Ortega) , se apoderaba de la ciudad de Cádiz, imponiendo sus designios sobre la población, manipulando sus miedos y sometiéndola a su caprichosa voluntad. Los sentimientos y las emociones eran proscritos y solo el héroe Diego (Luis Rallo), tendría el arrojo suficiente para enfrentarse al poder establecido. Ya lo sé, dramón total.

Para empezar, todos los que éramos de fuera nos tuvimos que trasladar a vivir a Sevilla. En esta etapa compartí piso con Luis Centeno y Diego Falcón. Y teníamos como vecino, muy cerca un piso de otro, a José Pedro Carrión.

Toda la etapa de ensayos la recuerdo como el mismo texto de Camus. Por pasar, no dejo de pasar nada. Todo lo que uno se pueda imaginar que puede llegar a suceder cuando se junta a tanta gente, y cuando digo gente incluyo a los artistas, sucedió. Pero lo que para unos puede resultar un caos, para nosotros fue un trabajo en equipo que nos llevó por toda Andalucía. Todo lo que pudiese parece un obstáculo se sobrellevaba con el lema de “todos para uno”.

Como una de las tantas anécdotas, recuerdo grabar el diálogo que tenía con Carrión, y que saldría proyectado en una pantalla con mi careto en primerísimo plano, con una rodilla apoyada en una silla, tirando de abdominales o algo que dicen que tengo debajo de lo que yo llamo tripa, para sostener todo el cuerpo en el aire paralelo con el suelo mirando hacia abajo, donde estaba Julia Oliva acostada mirándome y marcando la curva melódica para que no se me fuera el acento castellano mientras decía el texto, y sumado a todo esto, el director moviéndose por ahí y pidiendo naturalidad.

Pues por esos milagros del teatro y el esfuerzo de todos, salió genial.

Y así fueron pasando los días y sumándose las anécdotas, llegamos al estreno, en ese hermoso Teatro Falla de Cádiz, del ESTADO DE SITIO.

Cuando lo vi en el perfil de Esther, me hizo mucha ilusión recordarlo, porque por suerte de todo tiempo pasado, que estoy seguro que no fue mejor, tengo la capacidad de rescatar sólo las cosas buenas. Las otras ya me sirvieron para aprender la lección.