Teleactor, dígame

El tiempo suele ser muy extraño. Hay veces que se pasa volando, y otras, la misma fracción de tiempo, se hace eterna. Y suele pasar, que esta duración del tiempo, no coincide casi nunca con la que queremos, o necesitamos. Si estamos muy agobiados, el tiempo se evaporará, y si deseamos que pase rápido, se volverá eterno.

Yo soy de la idea que sea como sea, el tiempo es uno de los valores más preciados que tenemos, y soy, además, de los que lo exprime al máximo.

Pero en esta carrera con el tiempo, muchas veces me surgen dudas de, para qué hay que correr tanto.

En profesiones como la mía, el factor tiempo es una guillotina que no sabemos muy bien cuando nos puede cortar la cabeza. Es estar siempre por delante de lo que va a suceder. Si no tenemos trabajo, las carreras de un casting a otro, se suceden en un sin parar. Si no hay casting, el tiempo será ese contrapeso contra el que hay que luchar, sumado a otros muchos más factores directos, para no caer en la desesperación. Pero es que, si tenemos trabajo, hay que estar pensando en qué vamos a hacer cuando se termine, porque puede ser que la cadena se ponga en movimiento y sigas trabajando, o quizás no este lo suficientemente engrasada, y comience a detener la marcha hasta quedarte quieto. Vamos, en paro.

Lo de “Be here now” se queda un poco de lado, y más bien se transforma en hay que salvarse el culo como sea.

Hace poco, leí un libro que potenciaba lo bueno que es vivir en la incertidumbre. Reflexionaba el autor que la estabilidad hace que uno caiga en la angustia y la depresión, y que vivir en la incertidumbre, genera mentes más creativas y potencia la imaginación. Aclaro que el autor no era actor.

Y en todo este cacao mental, que muchas veces no puedo evitar, me surgen las preguntas inevitables de si habré encausado mi vida correctamente, hasta cuándo podré seguir a este ritmo, por qué no habré elegido otra carrera, qué va a ser de mi el día de mañana, qué pasará a la hora de jubilarme… y un largo etc. Pero cuando escucho todas estas preguntas en mi cabeza, y me detengo a tratar de buscarles respuesta, me doy cuenta de que no son preguntas mías, sino el eco de las preguntas que me vive haciendo la gente que no entiende este estilo de vida, o por lo menos no la comparte.

Y, por otro lado, veo a compañer@s, que siguiendo las directivas de los demás aprovechan las buenas rachas, y hacen todo lo que el tiempo les permite. Cinco películas, dos series, presentaciones en eventos, escriben libros, dan charlas, clases magistrales, publicidad… “Y… es que cuando te viene una buena, hay que exprimirla”.

Y entonces mi cabeza vuelve a moverse y preguntarse cosas, por ejemplo, para qué elegí esta profesión, para hincharme de trabajar haciendo siempre de mí, sin elegir, por miedo a que se me acabe la buena racha, y lo hago todo sin componer un misero personaje que se diferencie del otro que acabo de hacer. Porque lo importante entonces es facturar, da igual si es comedia, drama, si hago de asesino en serie o de gay, o de cura o de lo que sea. Da igual que vuelva loco a los telespectadores que hacen zapping, porque al verme en varios canales a la vez peinado, vestido, y hablado como yo, no sabrán diferenciar cual es la serie que estaban viendo.

Lo bueno es que cuando se acabe la buena racha, tendré una buena cuenta bancaria que me permitirá vivir el resto de los años que me queden, más “quemado que el palo de un churrero”, recordando la gloria de haber sido y ya no ser.

¿El trabajo dignifica, o primero me dignifico yo, y luego elijo el trabajo?

Que maldita costumbre la de vivir haciéndome preguntas, que casi nunca tienen una sola respuesta.

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